El bosque de bambús

La noticia -publicada en esta Comunidad- acerca del futuro del sector en manos del bajo coste, tiene , a mi juicio, una lectura importante que las marcas de nuestro entorno más próximo no deberían ignorar. Fundamentalmente porque su competitividad va a depender de cómo interpreten las tendencias que, para sorpresa de muchos, vienen marcadas desde Asia-Pacífico.

En RubbishCars azotamos sin descanso el cutre-producto fruto del low-cost. El bajo coste no es intrínsecamente perjudicial para la industria del automóvil. Lo que es muy negativo para el consumidor -y por tanto para la industria- es el uso que se da a los recursos del bajo coste. Esto es: desarrollo, tecnología, materiales, etc. Este uso tiene como principales exponentes a los fabricantes chinos -Faw o Landwind- y a los indios -Tata o Mahindra por ejemplo-.

Sin embargo, estos dos mercados también son exponentes de políticas de desarrollo y producción que se están demostrando eficientes: la copia del producto final adaptando su producción al bajo coste en el caso chino y la competencia cooperadora -una joint venture enfocada al bajo coste- en el indio.

¿Por qué han sido estas economías emergentes las que han dado con la tecla del futuro de la industria? A mi juicio porque han hecho de la necesidad, virtud. Han articulado procesos de producción altamente competitivos -rentables- con la brutal demanda preexistente. Consecuencia: un modelo a seguir.

Esto es precisamente lo que más debería preocupar a los directivos USA y Europa. Lo exportable de los emergentes no es el producto sino el modelo y quienes lo han creado. Los ejecutivos chinos -por ejemplo- están acostumbrados a moverse en entornos políticos, económicos y sociales extremadamente volátiles, donde las leyes que afectan a su trabajo cambian a una velocidad vertiginosa e impredecible. Este entorno aleatorio les ha convertido en ‘boinas verdes’ de la dirección ejecutiva, obligándoles a tomar decisiones clave con premura de tiempo, a desarrollar una imaginación fuera de lo común para adaptarse constantemente a nuevas reglas del juego y sobrevivir en el mercado.

En Europa miramos hoy con desdén la paupérrima puesta en escena de los vehículos de bajo coste asiáticos. Y realmente tenemos motivos, porque incumplen normativas básicas de seguridad y contaminación, entre otras. Sin embargo este árbol no debe impedirnos ver cómo el bosque está cambiando a pasos agigantados. Antes de lo que pensamos dejaremos de estar entre pinos para movernos entre bambús.

Basura replicante

En esta comunidad podeis leer la noticia de la detención de varios mecánicos en Italia por transformar Toyotas MR2 en Ferraris. Es lo que se conoce como ‘réplica’.  Yo lo conozco como ‘rubbish’.

El mercado de las réplicas tiene un gran éxito, esto es, mueve mucho dinero. De hecho, en cualquier portal de compra-venta de automóviles podeis encontrar Ferraris 360 Modena por 20.000 euros. Desconozco si es una práctica legal en España. Si no lo es, debería serlo. Y si lo es, la policía no hace nada porque es muy fácil adquirir basura de este tipo, sobretodo a través de internet.

Pero, ¿quién compra estos coches de cartón-piedra? Según el artículo, “personas que quieren impresionar a los vecinos”. Sin entrar en profundidad sobre la patética idea de querer impresionar a un vecino con un coche, me pregunto ¿qué tipo de vecindario es ese?, ¿dónde están esos vecindarios?. Que organicen visitas guiadas a 10 euros. Con audífonos en varios idiomas, para no perder detalle. Yo pagaría. Eso hay que verlo.

 Comprador de réplicas.

El tour podría empezar por las tiendas de la zona: a la derecha Claudia Chífer regenta la frutería y a la izquierda George Cluny es el pescatero. Si giran en la próxima verán que el gimnasio lo regenta Mª Ángeles Jolie. Oh mira, un Cayenne. No, no, es un Tata Telcosport 4×2. Y ¿qué ‘echan’ en el cine, Indiana Jones 4.0? No, hay una reposición de ‘Salida de la misa de doce de la iglesia del Pilar de Zaragoza’. Coloreada, eso sí. Probablemente los únicos negocios que podemos visitar en un lugar así los monopoliza Corporación Dermoestética. Es el vecindario con más Brad Pitt’s de todo el mundo.

Por otro lado, ¿qué tiene de malo un MR2? Es poco potente, pero su motor central, su poco peso y ser un modelo de propulsión lo convierten en un buen entretenimiento por no mucho dinero. Y demuestras que tienes, al menos, amor propio.

La satisfacción de quedarte tirado

Poseer un clásico con 30 años de antigüedad produce satisfacciones, incluso cuando te deja tirado. Esa es la diferencia entre un Rubbish Car y un coche elegante, con clase.

El proceso de quedarte tirado puede ser un momento de placer si sabemos cómo afrontarlo. Para ello es fundamental tener un coche del cual no nos avergoncemos. Pues, al fin y al cabo, quedarte de pié en el arcén, con un chaleco reflectante, un triángulo a cada lado del coche y en la hora punta de entrada a la ciudad, es un proceso exhibicionista/voyeurista de primer nivel.

Pongamos por caso que uno conduce un Wartburg Trabant Tramp como el de la foto de arriba. Si conduces este coche, tus deseos de que no te haga bajarte en medio del intenso tráfico, son inversamente proporcionales a las posibilidades reales que tienes de que el coche falle. Vas exprimiendo el volante, como si sujetarte con fuerza a él fuera a librarte de la avería, así que, cuando ésta se produce -porque se termina produciendo-, ya vas tensionado y sudado. Lo cual empeora notablemente tu aspecto. Algo muy desagradable para el resto de conductores.

Una vez que el humo y el mal olor invaden el epicentro de tu vehículo y los inmediatamente cercanos, es el momento de exhibir algo de la dignidad que no has tenido al comprarte un Rubbish Car. Pero ¿qué haces? Ponerse el chaleco es lo primero. Sí, aunque conduzcas un Wartburg, te aguantas y te lo pones, para que los demás te veamos. A estas alturas ya estás maldiciendo el día que hiciste el razonamiento de los siete mil y pico euros.

Tu coche ha conseguido empeorar una situación de por sí embarazosa: te ha dejado tirado y además eres el blanco de miradas divertidas de los demás conductores. Ésa es la filosofía Rubbish Car. Hay que aprender a vivir con ella. O cambiar de coche.

Por contra, si conduces en un coche elegante, admirable, con estilo, no tienes qué temer. Por ejemplo, un Seat Panda de principios de los 80. Es uno de los coches más cool que uno puede conducir en nuestro país. Y si es rojo, entonces puede decirse que es una pieza de museo.

El Panda te deja tirado, empieza a salir humo del capó y debes arrimarte al arcén. Pones el freno de mano y te miras al espejo. Sí al retrovisor interior central, que es más grande, para arreglarte esos cuatro pelos despeinados. Con una seguridad aplastante, abres la puerta y te bajas, siempre con la mirada al frente. Sí, tengo un Panda y esto es una gran avería.

El resto de conductores no sólo tienen compasión por el Panda rojo que ellos también tuvieron, sino que eres el blanco de su admiración y respeto por haber conservado hasta ese momento una joya automovilística en buen estado. Es posible que alguno pare para ofrecerte ayuda. No será necesario porque tienes un muy buen seguro para tu Panda. No es para menos. Allí estais, en loor de multitudes, tú, tu Panda rojo y el motor humeante. El sabor de dejarte tirado con estilo.

Mi experiencia con un Rubbish Car

Corría Septiembre de 1998 y decidí irme con unos amigos a Túnez de vacaciones. Iban a ser 10 días de turismo post-adolescente: ruinas, borrachera, discoteca, vomitona, playa, y vuelta a empezar. Planazo al canto.

En aquella época de carnet seminuevo, alquilar un coche era una oportunidad de descubrir qué había más allá de tu monotonía diésel diaria. Pero claro, el presupuesto era acorde con nuestra edad y la frase “no tiene algo más barato?” era una de las más usadas.

Lo más barato que tenía Mohamed -nombre genérico-, era un recién salido al mercado: Daewoo Matiz 0.8 cc y 51 cv. de potencia. Nunca me había montado en un coche de menor cilindrada que mi primer coche: un Clio 1.2 de 60 cv. De hecho pensaba que de 1000 cc para abajo sólo había motos. Craso error.

Allí estaba eso. De color rojo chillón, para pasar lo menos despercibidos posible. Claro que en Túnez, viajar con eso era un lujo. El coche no tenía nada. Repito, nada. El único extra era el Aire Acondicionado y creo que lo montaba por recomendación de la ONU. 40º C son muchos, incluso para ir en un Matiz.

Antes de subirme en él, tuve una ligerísma intención de devolverlo e ir a por otro, pero el entusiasmo de mis colegas era tal que desistí. Claro, los cachondos no conducían. Una vez dentro la cosa fue… a peor, claramente.

No sólo confirmó mis nulas expectativas sobre él, sino que las empeoró. Cuando me senté frente al volante pensé: no va a ser fácil. Fue como retrotraerme en el tiempo 25 años y sentarme en aquel Seat 127 de mi padre. No había escapatoria, mirase donde mirase el panorama era desolador. Paupérrimo.

El volante era inconsistente, lo podías mover fácilmente, pero no en su sentido circular, sino respecto de su punto de apoyo. Los asientos eran camas de fakir -quizá era un extra propio de la región, quien sabe-.  La puertas apenas tenían recubrimiento, lo cual dejaba ver más chapa que otra cosa. Parecía a medio ensamblar. Es como si esa unidad hubiera pillado al operario de colocar los paneles en la hora del bocadillo.

Al que no pilló distraído fue al de las manillas alzacristales. Repetid lentamente: “Manillas alzacristales”. No me digais que mientras lo decís no se os aparecen Miguel Gila, Marisol, Mocedades, Lola Flores y el Fary todos al mismo tiempo. ¿no? ¿y si os digo que al subir y bajar el vidrio hacía ñic-ñic-ñic? Ahora sí, lo sabía. Y todavía no habíamos arrancado.

Cuando ya estuvimos listos, esto es, cinturones abrochados y espejos regulados manualmente: “un poco más a la derecha…ahí, ahí, para!, para! para!, un pelín a la izquierda…ala hombre! te he dicho un pelín! me lo has movido rasta y media!” clásica escena en coches con retrovisor derecho. Sí, tenía retrovisor derecho. Debía ser un 2×1 del proveedor o algo. Entonces giré con decisión la llave del contacto y arrancó. Velita a la virgen de Lourdes. Tan nula era mi confianza en aquel cacharro que me hice daño en los dedos de la fuerza que le imprimí al girar la llave de arranque. Como sí pasar de vuelta el clausor fuera a producir algún efecto.

El cambio era manual de 4 marchas. Otra vez el 127 pasó por delante. Con el embrague a fondo hice una rápida comprobación de dónde estaban esas 4 marchas, porque la palanca no tenía croquis.  Metí primera, luego punto muerto, más punto muerto y finalmente, punto muerto. La única claramente diferenciada era la primera, el resto estaban en una nebulosa informe más o menos hacia el centro de la palanca. Precisión suiza.

Por fin acelero y… tuve que mirar por la ventanilla para comprobar que los objetos a nuestro alrededor efectivamente se movían.  El coche no tenía cuentavueltas, con lo cual, quemar el motor o no era cuestión de oido -y buena voluntad, jeje-. Salimos a la carretera y en 4ª a 70 km/h parecía que estábamos en Le Mans. Aunque teniendo en cuenta el estado de las carreteras, más bien parecía el Acrópolis. “No vas un poco rápido?” me dice el que iba detrás a puro grito gracias a la fenomenal insonorización y ruido aerodinámico. “¿Quieres ver Túnez?” Fin de la conversación.

Cuando alquilas un artefacto de estos deberían facilitar, como accesorio, rodilleras y coderas. Habitabilidad sin igual, especialmente delante. Seguramente os preguntais cómo iba el aire acondicionado en un coche de 51 cv. Pues hay que elegir: o ves la zona o sudas. Aunque tiene algo de racing eso de apagar el aire justo antes de hacer un adelantamiento. Yo me suponía como cuando en las pelis aprietan el botón del nitroso. El que no se consuela es porque no quiere.

Los frenos también recibieron lo suyo. Tras un primer susto en un Stop con un tractor, decidimos comprar unos prismáticos de juguete al copiloto para que me fuera avisando de los obstáculos con unos 2 kms. de antelación.  Que es la distancia de frenado media del Matiz con 3 personas a bordo y una bolsa de deporte como equipaje.

El resto de la experiencia es más de lo mismo: que si el maletero es minúsculo, que si la puerta no cierra, que cómo se abre el tapón de la gasolina, que me he quedado con la manilla en la mano, que pongas la radio, ¿qué radio? si quieres te canto, o ya mejor te canta mi sobaco que hemos tenido que adelantar a muchos, que me mareo, que conduzcas más despacio ¿más? pues mejor bajate y ve andando, no soy yo es el coche, ah pero ¿vamos en un coche?….

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