La satisfacción de quedarte tirado

Poseer un clásico con 30 años de antigüedad produce satisfacciones, incluso cuando te deja tirado. Esa es la diferencia entre un Rubbish Car y un coche elegante, con clase.

El proceso de quedarte tirado puede ser un momento de placer si sabemos cómo afrontarlo. Para ello es fundamental tener un coche del cual no nos avergoncemos. Pues, al fin y al cabo, quedarte de pié en el arcén, con un chaleco reflectante, un triángulo a cada lado del coche y en la hora punta de entrada a la ciudad, es un proceso exhibicionista/voyeurista de primer nivel.

Pongamos por caso que uno conduce un Wartburg Trabant Tramp como el de la foto de arriba. Si conduces este coche, tus deseos de que no te haga bajarte en medio del intenso tráfico, son inversamente proporcionales a las posibilidades reales que tienes de que el coche falle. Vas exprimiendo el volante, como si sujetarte con fuerza a él fuera a librarte de la avería, así que, cuando ésta se produce -porque se termina produciendo-, ya vas tensionado y sudado. Lo cual empeora notablemente tu aspecto. Algo muy desagradable para el resto de conductores.

Una vez que el humo y el mal olor invaden el epicentro de tu vehículo y los inmediatamente cercanos, es el momento de exhibir algo de la dignidad que no has tenido al comprarte un Rubbish Car. Pero ¿qué haces? Ponerse el chaleco es lo primero. Sí, aunque conduzcas un Wartburg, te aguantas y te lo pones, para que los demás te veamos. A estas alturas ya estás maldiciendo el día que hiciste el razonamiento de los siete mil y pico euros.

Tu coche ha conseguido empeorar una situación de por sí embarazosa: te ha dejado tirado y además eres el blanco de miradas divertidas de los demás conductores. Ésa es la filosofía Rubbish Car. Hay que aprender a vivir con ella. O cambiar de coche.

Por contra, si conduces en un coche elegante, admirable, con estilo, no tienes qué temer. Por ejemplo, un Seat Panda de principios de los 80. Es uno de los coches más cool que uno puede conducir en nuestro país. Y si es rojo, entonces puede decirse que es una pieza de museo.

El Panda te deja tirado, empieza a salir humo del capó y debes arrimarte al arcén. Pones el freno de mano y te miras al espejo. Sí al retrovisor interior central, que es más grande, para arreglarte esos cuatro pelos despeinados. Con una seguridad aplastante, abres la puerta y te bajas, siempre con la mirada al frente. Sí, tengo un Panda y esto es una gran avería.

El resto de conductores no sólo tienen compasión por el Panda rojo que ellos también tuvieron, sino que eres el blanco de su admiración y respeto por haber conservado hasta ese momento una joya automovilística en buen estado. Es posible que alguno pare para ofrecerte ayuda. No será necesario porque tienes un muy buen seguro para tu Panda. No es para menos. Allí estais, en loor de multitudes, tú, tu Panda rojo y el motor humeante. El sabor de dejarte tirado con estilo.

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