Mi experiencia con un Rubbish Car

Corría Septiembre de 1998 y decidí irme con unos amigos a Túnez de vacaciones. Iban a ser 10 días de turismo post-adolescente: ruinas, borrachera, discoteca, vomitona, playa, y vuelta a empezar. Planazo al canto.

En aquella época de carnet seminuevo, alquilar un coche era una oportunidad de descubrir qué había más allá de tu monotonía diésel diaria. Pero claro, el presupuesto era acorde con nuestra edad y la frase “no tiene algo más barato?” era una de las más usadas.

Lo más barato que tenía Mohamed -nombre genérico-, era un recién salido al mercado: Daewoo Matiz 0.8 cc y 51 cv. de potencia. Nunca me había montado en un coche de menor cilindrada que mi primer coche: un Clio 1.2 de 60 cv. De hecho pensaba que de 1000 cc para abajo sólo había motos. Craso error.

Allí estaba eso. De color rojo chillón, para pasar lo menos despercibidos posible. Claro que en Túnez, viajar con eso era un lujo. El coche no tenía nada. Repito, nada. El único extra era el Aire Acondicionado y creo que lo montaba por recomendación de la ONU. 40º C son muchos, incluso para ir en un Matiz.

Antes de subirme en él, tuve una ligerísma intención de devolverlo e ir a por otro, pero el entusiasmo de mis colegas era tal que desistí. Claro, los cachondos no conducían. Una vez dentro la cosa fue… a peor, claramente.

No sólo confirmó mis nulas expectativas sobre él, sino que las empeoró. Cuando me senté frente al volante pensé: no va a ser fácil. Fue como retrotraerme en el tiempo 25 años y sentarme en aquel Seat 127 de mi padre. No había escapatoria, mirase donde mirase el panorama era desolador. Paupérrimo.

El volante era inconsistente, lo podías mover fácilmente, pero no en su sentido circular, sino respecto de su punto de apoyo. Los asientos eran camas de fakir -quizá era un extra propio de la región, quien sabe-.  La puertas apenas tenían recubrimiento, lo cual dejaba ver más chapa que otra cosa. Parecía a medio ensamblar. Es como si esa unidad hubiera pillado al operario de colocar los paneles en la hora del bocadillo.

Al que no pilló distraído fue al de las manillas alzacristales. Repetid lentamente: “Manillas alzacristales”. No me digais que mientras lo decís no se os aparecen Miguel Gila, Marisol, Mocedades, Lola Flores y el Fary todos al mismo tiempo. ¿no? ¿y si os digo que al subir y bajar el vidrio hacía ñic-ñic-ñic? Ahora sí, lo sabía. Y todavía no habíamos arrancado.

Cuando ya estuvimos listos, esto es, cinturones abrochados y espejos regulados manualmente: “un poco más a la derecha…ahí, ahí, para!, para! para!, un pelín a la izquierda…ala hombre! te he dicho un pelín! me lo has movido rasta y media!” clásica escena en coches con retrovisor derecho. Sí, tenía retrovisor derecho. Debía ser un 2×1 del proveedor o algo. Entonces giré con decisión la llave del contacto y arrancó. Velita a la virgen de Lourdes. Tan nula era mi confianza en aquel cacharro que me hice daño en los dedos de la fuerza que le imprimí al girar la llave de arranque. Como sí pasar de vuelta el clausor fuera a producir algún efecto.

El cambio era manual de 4 marchas. Otra vez el 127 pasó por delante. Con el embrague a fondo hice una rápida comprobación de dónde estaban esas 4 marchas, porque la palanca no tenía croquis.  Metí primera, luego punto muerto, más punto muerto y finalmente, punto muerto. La única claramente diferenciada era la primera, el resto estaban en una nebulosa informe más o menos hacia el centro de la palanca. Precisión suiza.

Por fin acelero y… tuve que mirar por la ventanilla para comprobar que los objetos a nuestro alrededor efectivamente se movían.  El coche no tenía cuentavueltas, con lo cual, quemar el motor o no era cuestión de oido -y buena voluntad, jeje-. Salimos a la carretera y en 4ª a 70 km/h parecía que estábamos en Le Mans. Aunque teniendo en cuenta el estado de las carreteras, más bien parecía el Acrópolis. “No vas un poco rápido?” me dice el que iba detrás a puro grito gracias a la fenomenal insonorización y ruido aerodinámico. “¿Quieres ver Túnez?” Fin de la conversación.

Cuando alquilas un artefacto de estos deberían facilitar, como accesorio, rodilleras y coderas. Habitabilidad sin igual, especialmente delante. Seguramente os preguntais cómo iba el aire acondicionado en un coche de 51 cv. Pues hay que elegir: o ves la zona o sudas. Aunque tiene algo de racing eso de apagar el aire justo antes de hacer un adelantamiento. Yo me suponía como cuando en las pelis aprietan el botón del nitroso. El que no se consuela es porque no quiere.

Los frenos también recibieron lo suyo. Tras un primer susto en un Stop con un tractor, decidimos comprar unos prismáticos de juguete al copiloto para que me fuera avisando de los obstáculos con unos 2 kms. de antelación.  Que es la distancia de frenado media del Matiz con 3 personas a bordo y una bolsa de deporte como equipaje.

El resto de la experiencia es más de lo mismo: que si el maletero es minúsculo, que si la puerta no cierra, que cómo se abre el tapón de la gasolina, que me he quedado con la manilla en la mano, que pongas la radio, ¿qué radio? si quieres te canto, o ya mejor te canta mi sobaco que hemos tenido que adelantar a muchos, que me mareo, que conduzcas más despacio ¿más? pues mejor bajate y ve andando, no soy yo es el coche, ah pero ¿vamos en un coche?….

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